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Liderazgo híbrido: la cercanía también se diseña
Leadership 2026-09-09

Toda organización necesita responder, antes o después, a una pregunta esencial: ¿cómo se transmite una forma de trabajar? 

La cuestión parece sencilla hasta que desaparece aquello que, durante décadas, resolvió el problema de una manera silenciosa: la convivencia cotidiana. Esa misma convivencia permitía observar cómo se tomaban las decisiones, qué comportamientos merecían reconocimiento, cómo se resolvían los desacuerdos o qué significaba realmente ser parte de un equipo. Buena parte de la cultura no se enseñaba, se incorporaba a través de la transpiración humana. 

Solamente cuando dejamos de compartir el mismo espacio, comprendimos hasta qué punto aquella transmisión dependía menos de los discursos que de la proximidad. 

La oficina, el puesto de trabajo, nunca fue únicamente un lugar donde desempeñar una actividad profesional. Constituyó, sobre todo, un escenario de aprendizaje permanente, un espacio donde la confianza se construía sin ceremonias, la colaboración encontraba cauces espontáneos y el conocimiento circulaba con una naturalidad que pocas veces necesitaba planificación. Una conversación fortuita en un pasillo, una duda resuelta al terminar una reunión o la observación de cómo un compañero afrontaba una situación compleja contribuían, casi sin advertirlo, a modelar la propia identidad colectiva de la organización. Apenas reparábamos en ello porque esos procesos formaban parte de nuestro entorno y paisaje cotidiano. 

Sin embargo, bastó alterar ese paisaje para descubrir que muchas de aquellas dinámicas no pertenecían a las personas, sino al propio contexto que compartían. 

Quizá esa sea una de las lecciones más relevantes que ha dejado la consolidación de los modelos híbridos. No hemos perdido únicamente la coincidencia física; hemos dejado atrás un sistema de transmisión cultural y de aprendizaje espontáneo que funcionaba con tal naturalidad que apenas era percibido como una responsabilidad directiva.

El verdadero desafío, por tanto, nunca consistió en aprender a coordinar personas que trabajan desde lugares distintos. El desafío consistía y consiste en reconstruir, de forma consciente, todo aquello que la proximidad resolvía sin necesidad de que nadie lo dirigiera. 

Esta idea obliga a revisar una creencia profundamente arraigada en la dirección de personas. Con frecuencia atribuíamos a determinados líderes una gran capacidad para cohesionar equipos, generar confianza o fortalecer el sentido de pertenencia, sin tener en cuenta que una parte de esos mismos procesos descansaba también sobre la convivencia diaria y sobre la enorme capacidad que tienen los espacios compartidos para favorecer vínculos, transmitir hábitos y crear referencias comunes. 

La desaparición parcial de ese escenario cotidiano y común, ha desplazado aún más a esa responsabilidad hacia el liderazgo. 

Ya no basta con definir objetivos, distribuir responsabilidades o supervisar resultados. La cercanía ha dejado de ser una consecuencia de la convivencia para convertirse en una decisión organizativa que exige intención, método y continuidad. 

No se trata de multiplicar reuniones ni de llenar la agenda de encuentros virtuales. Tampoco de reproducir artificialmente una presencialidad que ya no responde a las necesidades de muchas organizaciones. 

La cuestión es bastante más profunda. Consiste en comprender que la confianza no surge de la frecuencia con la que las personas se ven, sino de la calidad de las experiencias que comparten. Que la cultura no se preserva mediante declaraciones de principios, sino a través de comportamientos reiterados. Y que el sentimiento de pertenencia difícilmente prospera cuando las relaciones quedan reducidas a una sucesión de conversaciones estrictamente operativas. 

Herminia Ibarra ha insistido mucho en que el liderazgo contemporáneo exige hacer deliberadamente aquello que antes sucedía de forma espontánea. La observación resulta especialmente pertinente en los entornos híbridos, donde la distancia obliga a reemplazar la improvisación por el diseño consciente de espacios de interacción, aprendizaje y colaboración. 

Algo parecido sostiene Amy Edmondson cuando analiza las condiciones que favorecen la seguridad psicológica. Los equipos no desarrollan confianza porque compartan un espacio físico, sino porque perciben que existe un entorno donde es posible expresar dudas, discrepar, formular preguntas o reconocer errores sin temor a que esa posible vulnerabilidad se convierta en un elemento de juicio. La proximidad facilitaba ese proceso; hoy corresponde al liderazgo garantizar que continúe existiendo con independencia del lugar desde el que cada persona desempeñe su trabajo. 

Tal vez por eso el liderazgo híbrido no represente una evolución tecnológica, sino cultural. Las herramientas permiten comunicarnos, pero han de ser los líderes quienes doten de significado a esa comunicación. Las plataformas conectan dispositivos, pero las personas necesitan sentirse conectadas con un propósito, con un equipo y con una forma compartida de entender el trabajo.

La diferencia parece sutil. En realidad, delimita dos formas radicalmente distintas de concebir las organizaciones. Una entiende que el trabajo consiste, esencialmente, en coordinar tareas. La otra comprende que dirigir personas implica construir las condiciones para que la confianza, la colaboración y el compromiso puedan desarrollarse, incluso, cuando la distancia deja de hacer posible lo que antes ocurría de manera natural.

Quizá esa sea la transformación más profunda que afrontan hoy los líderes. No aprender a dirigir equipos distribuidos. Aprender a diseñar, con la misma intención con la que antes se diseñaban los procesos o las estrategias, la arquitectura relacional que permite a las personas seguir sintiéndose parte de un proyecto común.

Porque las organizaciones nunca han sido únicamente los lugares donde las personas trabajan. Siempre fueron los lugares donde aprendían, casi sin darse cuenta, a trabajar juntas.